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Los comuneros de Castilla contra Flandes

lunes, 6 de julio de 2009

comunerosPaseando por el madrileño barrio de Salamanca, encontramos en pocos metros las calles de Juan Bravo, Juan Padilla o Francisco Maldonado, recorremos sin apenas darnos cuenta un trocito de nuestra historia, representada por estos tres personajes precursores del movimiento comunero.

Reivindicaron el respeto por los intereses de los castellanos y murieron por ello. Fueron arrestados y ejecutados en Villalar, porque nunca aceptaron que se antepusiesen  los sueños imperialistas a la realidad de la sociedad española.

A principios del siglo XVI la economía del Reino de España atravesaba un período difícil. Los flujos migratorios hacia América eran continuos y el poco dinero existente se invertía en las continuas guerras para conquistar Nápoles y los territorios del norte de África. Con 7 u 8 millones de habitantes, según los censos oficiales, España era un país despoblado, cuyos recursos se basaban en el negocio de la lana.

El 25 de enero de 1516 murió en Cáceres Fernando el Católico, dejando como legado una España debilitada que necesitaba esfuerzos hercúleos para poder salir adelante. Su hija Juana, que pasaría a la Historia con el sobrenombre de “La Loca”, heredó la corona de Aragón, convirtiéndose en reina “de iure” pero no “de facto”.

Aprovechando la coyuntura, el 14 de marzo del mismo año, contra la voluntad del Consejo de Castilla, el hijo de Juana y nieto de Fernando, el príncipe Carlos de Gante se hizo proclamar en Flandes rey de Castilla y Aragón, compartiendo la corona con su madre. El 19 de septiembre de 1517 desembarcaba en el puerto asturiano de Villaviciosa, rodeado por su séquito de flamencos, el joven monarca que contaba con tan sólo 17 años.

Sus aspiraciones imperialistas, que exigían una subida de impuestos para costear los proyectos europeos, pronto chocaron con una población que veía a Carlos como un rey extranjero al que ni siquiera podían comprender, puesto que no hablaba su idioma. Tampoco vieron con buenos ojos que el monarca concediese a sus consejeros los cargos más importantes, otorgando de este modo a Adriano de Utrecht el Arzobispado de Toledo.

La mecha terminó de prenderse con el fallecimiento de Maximiliano I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en 1519. Carlos, previo pago de ingentes sumas de dinero a los siete príncipes electores alemanes, se marchó a Aquisgrán para ser nombrado emperador. El Imperio donde nunca se pone el sol se convertía en realidad.

mapaEn su contra estaban la baja nobleza, la burguesía y el campesinado que no querían hipotecar su futuro para costear la dudosa empresa europea. El movimiento comunero, cuya principal demanda consistía en que los corregidores no se nombrasen arbitrariamente, se empezaba a gestar, primero en Toledo para extenderse después por las dos mesetas.

El descontento de los castellanos se plasmó en una carta que Toledo dirige al resto de ciudades castellanas. Más tarde, se unirán los conventos salmantinos que expresan su preocupación por el aumento del servicio (impuestos).  Carlos I no escucha sus peticiones y responde convocando a Cortes a los regidores con el objeto de que los toledanos rindiesen cuentas por su actitud rebelde.

El 27 de febrero de 1520, los toledanos, encabezados por Juan Padilla, se amotinan y toman el Alcázar, expulsando al corregidor y constituyendo allí una Junta de Gobierno. El levantamiento se extiende como la pólvora, pronto se suman Ávila, Guadalajara, Cáceres y Medina de Toro, entre otras ciudades. Las acciones se concentran fundamentalmente en tres frentes. El norte encabezado por Burgos, Valladolid a la cabeza de la zona centro y Toledo donde los comuneros aguantarán hasta el año 1922.

En Castilla aumenta el descontento tras conocerse que Adriano de Utrecht ha sido nombrado regente. El 29 de mayo estalla la rebelión en Segovia y al día siguiente el procurador Rodrigo de Tordesillas, que había votado a favor del servicio al rey, es apaleado y ahorcado en plena calle. Juan Bravo toma las riendas de la revuelta de Segovia, ciudad en la que se establecerá la Junta Santa que reunirá un total de 15 ciudades. A partir de este momento, los comuneros rompen definitivamente con la monarquía de Carlos I y nombran a Juan Padilla capitán general del movimiento.

Uno de los principales objetivos de Juan Padilla era conseguir que Juana I de Castilla reinase en España. Para ello, se acercó a Tordesillas, donde estaba recluida, y le ofreció su apoyo y el de la Junta. Juana no quiso ser reina, desestimó la posibilidad, demostrando con ello que no estaba tan loca como la rumorología popular, impulsada por los intereses de la Casa Real, había divulgado. La aceptación de la corona podría haber tenido consecuencias nefastas.

banderaA pesar de esta negativa, la Junta se traslada a Tordesillas, ciudad en la que se  promulga el juramento de hermandad de las ciudades comuneras. Cada vez son más los campesinos que se unen al movimiento comunero, mientras que la nobleza se adhiere al esfuerzo de los imperiales.

En diciembre, las tropas reales toman Tordesillas. El 17 de abril, tras derrotar al Conde de Salvatierra en Burgos, los imperiales se dirigen a Torrelobatón, donde están fortificados unos 6.000 comuneros. Son el doble que las tropas reales, pero no podrán resistir el embiste dada su falta de organización y el escaso armamento.

El día 23 de abril, el Conde de Haro lanza a su caballería. Los comuneros no tienen nada que hacer. En medio de una intensa lluvia, los rebeldes son masacrados por los lanceros reales en las cercanías de Villalar. Las cifras no son exactas, pero el número de bajas oscila entre los 200 y los 1.000 hombres.

Juan Padilla y Juan Bravo caen prisioneros y sin proceso judicial alguno son condenados a muerte. Cuenta la tradición oral que antes de subir al cadalso, Juan Padilla dirigió estas palabras a su compañero: «Señor Bravo: ayer era día de pelear como caballero…hoy es día de morir como cristiano». Esto provoca que Juan Bravo pida ser ejecutado antes que Padilla, «…para no ver la muerte de tan buen caballero». Horas más tarde, también fue ejecutado y decapitado el salmantino Francisco Maldonado.

Como consecuencia de la derrota de Villalar, las Juntas se disolvieron en la mayor parte de las ciudades castellanas y los escasos combatientes se entregan o escapan, quedando Toledo cómo último reducto de los comuneros, defendido hasta febrero de 1622 por el obispo Acuña y la “leona” de Castilla, María Pacheco, esposa de Juan Padilla.

En 1522, Carlos I concedió una amnistía, que no alcanzó a los principales dirigentes comuneros. La revuelta comunera se había extinguido, pero sus reivindicaciones calaron en el monarca. A su vuelta a España, Carlos I bajó los impuestos, aprendió el idioma y depuso a los flamencos que habían ostentado hasta el momento altos cargos.

“Común es el sol y el viento, común ha de ser la tierra, que vuelva a toda Castilla, la rebelión comunera”, coreó durante dos años el pueblo castellano. Aspiraban al autogobierno, querían la riqueza de España no sirviese para costear guerras injustas. Esta es la historia de primer levantamiento constitucional, la primera revuelta de la España moderna.

Marta Menéndez Vila

Historia

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