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España y los exiliados de Bruselas

domingo, 30 de mayo de 2004

Carlos Marx y Federico EngelsCarlos Marx y su amigo Federico Engels se habían sentado en una mesa de la taberna del Cisne de la Gran Plaza de Bruselas, dispuestos a redactar un texto que debía cambiar la Historia. El texto empezaba con una advertencia, «un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo», y acababa con una exhortación, «…que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen en cambio un mundo que ganar. ¡Proletarios de todos los países, unios!».Más...

Corría el año 1848 y la revolución se extendía por toda Europa. Bélgica, tierra de asilo, se había convertido en refugio de todo tipo de exiliados. Convertida en república, Francia había visto huir a su último rey, Luis Felipe, en una modesta berlina. Luis Felipe se había despedido de la historia con la frase de que prefería dejar el trono a derramar sangre francesa. Fue acogido en la ciudad belga de Ostende, donde se alojaría una temporada antes de embarcar rumbo a Inglaterra, donde moriría agotado y deprimido dos años más tarde. Sus descendientes aún reinan en España, Bélgica y Luxemburgo. Su nieto y su bisnieto, condes de París, elegirían Bruselas como lugar de su exilio.

La revolución de 1848, que tanto entusiasmo despertó en Marx y Engels, campeones de la Revolución, haría de Bruselas tierra de exilio también para el campeón del absolutismo, el príncipe de Metternich. Este austríaco canciller del Reich, vencedor de Napoleón y restablecedor del orden monárquico europeo en el Congreso de Viena, tuvo que huir de Viena para salvar la vida y se estableció en Bruselas, donde fijó su domicilio junto al Palacio Real, unos metros cuesta arriba de donde Marx redactaba su Manifiesto Comunista. ¿Se cruzarían por la calle?

¿Qué tenían en común los dos ilustres exiliados, aparte de la elección de Bruselas como lugar de su exilio? A pesar de estar situados en las antípodas ideológicas, lo que ambos compartían era su simpatía por el bando carlista en la guerra civil que entonces asolaba España.

Metternich Canciller de AustriaMetternich, en su calidad de Canciller de Austria, había apoyado con todas sus fuerzas el bando de don Carlos. Reconocido por Austria como rey legítimo de España, el pretendiente carlista había recibido apoyo logístico y económico por parte del gobierno de Metternich. Por su parte Marx había escrito que los carlistas constituían el bando progresista, y veía en el carlismo un levantamiento popular en favor de las tierras comunales frente a la avaricia de los ricos, que con las leyes liberales despojaban al pueblo de sus pastos, su leña y sus derechos de caza y pesca. La Primera y Segunda Internacional Socialista verían también con simpatía la causa carlista.

Carlos Marx seguiría con interés por la prensa belga la «vicalvarada» o sargentada de 1854, en que unos sargentos del acuartelamiento de Vicálvaro dieron un golpe de estado que estableció la Constitución más izquierdista de la época. «España es ahora mi principal objeto de estudio», afirmó entonces Marx.

La brumas de Bruselas no le disuadieron de visitar España, donde en el madrileño barrio de Legazpi arengó a unos obreros y sentó las bases del movimiento obrero en España. Dada la importancia que para España tendrían sus ideas, no deja de resultar interesante su imagen del país. Marx y Engels escribieron varios artículos sobre España para el periódico norteamericano New York Daily Tribune. Engels escribe un artículo contra las revueltas separatistas de los cantonalistas y varios artículos en colaboración con Marx de una increíble erudición militar: «Bolívar y Ponte», «El ejército español», «El Bidasoa» y «Badajoz». Engels escribiría para el mismo diario «la guerra mora». En estos artículos se ve a un Marx que ensalza al ejército español, al que considera «la única reserva de fuerzas vivas de la nación». Para Marx, «España es una conjunto de pequeñas repúblicas, todas enfrentadas entre sí» y «el Estado, en el sentido moderno de la palabra, sólo se materializa en el ejército, pues el pueblo vive sólo a un nivel provincial». Esta «tendencia del pueblo español a la vida provincial», «el estado anárquico», «la resistencia a la centralización», son para el ilustre huésped de Bruselas, el rasgo principal de España. «Quizá no hay ningún otro país, salvo Turquía, que sea tan poco conocido y mal visto por Europa», escribía Marx.

Marx, que perdió a su pequeño hijo por falta de dinero para comprarle medicinas, paseó por las calles de un Madrid y un Bruselas bien distintos a los actuales su miseria material. Su exilio bruselense fue sin duda más duro que el del príncipe de Metternich, pero también más fructífero intelectualmente. ¿Quién se acuerda hoy en día de Metternich?

Rafael Sanz Fernández

Historia

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